• Flor Palumbo

La calma que antecede al huracán...

Cuando explotas de bronca las lágrimas salen como con más fuerza. Es como si la misma bronca las empujara a salir de ahí, casi echándolas de los ojos.


A veces vivimos situaciones que hacen que cada centímetro de nuestro cuerpo erupcione como aquel volcán del 2011 que hizo llegar sus cenizas hasta Buenos Aires. Este límite indeseado es muy peligroso, porque generalmente cuando explotamos largamos todo lo que teníamos en archivo y eso puede lastimar. Decimos cosas que el enojo nos potencia, y el archivo guardado puede sonar aún peor entre gritos y llantos.


Cuando explotamos nos desahogamos, quedamos livianas, ligeras, libres y valientes.


A mí me cuesta mucho explotar, soy más bien de las que guardan, acumulan, crean autoprotección que se convierte en dolor, porque llegar al límite es malo, pero nunca decir nada es igual de malo que tocar el límite. Son extremos opuestos.

Con el tiempo vamos aprendiendo a conocernos y entender cuando el silencio nos está haciendo mal, cuando estamos por llegar al límite permitido y este autoconocimiento puede ser de gran ayuda para evitar males mayores.


Porque nos cuesta tanto hablar? A que le tenemos miedo cuando callamos? Que paso en situaciones que si pudimos decir lo que sentíamos?.


La experiencia cuenta que cada vez que tomamos coraje y pusimos eso que nos dolía en palabras, la cosa fue mejor. Mejoramos los vínculos, eliminamos o disminuimos la angustia, prevenimos situaciones futuras similares, profundizamos la relación con esa persona, nos cargamos de energía, nos sentimos mejor.


Siempre, hablar es mejor.